24 febrero 2010

Conrado Giménez, fundador de Madrina, dejó todo por ayudar a las jóvenes embarazadas

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Rosa Cuervas-Mons


Para muchas madres en dificultades Conrado Giménez es una especie de ángel que apareció en el momento más oscuro de sus vidas, cuando las cosas estaban tan mal que eliminar a su hijo antes de que naciera parecía ser la única salida.

En diez años, por la varita mágica de Fundación Madrina han pasado más de 130.000 mujeres; han encontrado un techo, los pañales y la leche que faltaban a su hijo, ayuda económica y, sobre todo, ayuda humana: compañía, apoyo, amor y generosidad.

Y detrás de todo eso, la figura de Conrado Giménez, un hombre que un día decidió cambiar su vida y acabó cambiando la vida de miles de personas a su alrededor.
“Después del accidente de tráfico pensé que tenía que cambiar. Fui buscando cosas, me hice voluntario de la madre Teresa de Calcuta aquí en Madrid, luego me ofrecieron ir a Perú con el padre Giovanni, un agustino, y descubrí un nuevo mundo, vine muy tocado, sobre todo por la situación de la infancia y decidí ayudar a los niños en España”.

Pero España no es como Perú, aquí no hay niños abandonados en las calles, sino madres que no pueden tener a sus hijos. Así que Giménez empezó “recogiendo a chicas que estaban en prostitución en la Casa de Campo y que eran madres”. Después ayudó a adolescentes y decidió montar una fundación para jóvenes gestantes y para las mujeres que tienen un menor a su cargo.

Junto con su novia de aquella época y un amigo ayudaron a Carla, una niña de 14 años; luego llegaron Lucía -que ahora vive con sus gemelos en Nueva York- y Sandra, una madre prostituta que acabó siendo catequista.

La esperanza de Dios

Ellas han dado nombre al Programa Madre de la Fundación Madrina (Proyecto Carla, de prevención y orientación; Proyecto Lucía, de acogimiento y acompañamiento; y Proyecto Sandra, de formación y empleo); ellas fueron las primeras de una gran familia que cuenta hoy con miles de miembros.

Por todos y cada uno de esos miembros Conrado Giménez lo dejó absolutamente todo. “Abandoné el trabajo y, como tenía un puesto importante, me dieron una gran indemnización”. Invirtió todo su tiempo y todo su dinero en la por entonces recién nacida Fundación Madrina . “Ahora vivo en casa de mis padres, a veces me dan dinero, y vivo de la Providencia. Estoy en una cruz constante, duermo unas cuatro o cinco horas diarias, sólo tengo un día libre y vivo volcado en este tema, he perdido salud, he perdido todo y tengo muchas preocupaciones porque la sociedad no entiende esta forma de pobreza, la de las madres en soledad”.

Pregunta necesaria: ¿Por qué?

“Cada día pienso diez veces en renunciar y dejarlo todo por los sinsabores que esto conlleva. Pero me mantiene ayudar a un bebé y a una madre, es mi fuerza de cada día”.

*Reportaje íntegro en el número 265 del semanario Alba