09 septiembre 2007

Hay que echarle valor... y amor

S. BASCO. RAQUEL DÍAZ
María José y Francisco han dado a su hija la oportunidad de vivir. Muchos no lo habrían hecho. Muchos no lo hacen. La pequeña María padece de espina bífida en su forma más extrema, el mielomeningocele, que es considerado por los médicos como «la malformación congénita más grave compatible con la vida».

La ley ampara a quienes decidan que la apuesta es demasiado arriesgada, que la hidrocefalia, los problemas motores, la incontinencia... que pueden afectar en el futuro a su hijo aún no nacido le condenarían a una vida de sufrimiento. La alternativa legal es el aborto. No hay riesgos, ni padecimiento. Tampoco hay vida. Buena parte de la sociedad -¿mucha? ¿poca?- apoya también la idea de que seguir adelante entraña demasiadas complicaciones para el niño y demasiados problemas para los padres. La alternativa social también es el aborto. No hay preocupaciones, ni años de desvelos. Tampoco hay vida.

María José y Francisco admiten, desde el hospital sevillano Virgen del Rocío, donde el jueves nació su hija, que «fue una decisión difícil», pero «soy católica -dice la madre- y desde el principio descarté el aborto... queríamos darle una oportunidad a la niña».

En Málaga, donde viven, les diagnosticaron la malformación del feto y les informaron de la posibilidad legal de abortar. Buscaron en Sevilla una segunda opinión médica. El problema era grave. La niña podía ser operada en Estados Unidos, o en Brasil. En Europa nunca se había hecho. Además, la intervención no cura la espina bífida ni garantiza por completo que la niña quede libre de secuelas, aunque sí ofrece una alta probabilidad de minimizarlas.

Los médicos del Virgen del Rocío se atrevieron a proponer que ellos podían hacerlo. Asumieron la parte del reto que les correspondía. María José y Francisco no lo dudaron. La pequeña María fue intervenida en el útero de su madre a las 26 semanas de gestación. Volvieron a colocar la parte de su médula espinal afectada en su lugar, bajo el arco protector de las vértebras lumbares, de donde nunca debió salir. Ha pasado ya mes y medio de aquello y acaba de nacer. Hoy tiene tres días de vida.
Aunque es pronto para valorar el estado de María, y sobre todo la calidad de la vida que tiene por delante, las expectativas médicas son buenas. Hay esperanza. El equipo de neurocirugía ha hecho lo que se esperaba de ellos, un buen trabajo. Lo que cualesquiera especialistas capacitados hubiesen hecho en su lugar. Pero el verdadero éxito no ha sido de la medicina. El aplauso, la medalla de oro, son para los padres de María porque no todos habríamos tenido el mismo valor, la misma fe... el mismo amor.


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