03 agosto 2009

¿Quién eres para insultar a una madre?

Encuentro en el último número de Alfa y Omega este testimonio de María Jesús Prieto López. Había tenido quejas de madres por haber aguantado impertinencias ante un nuevo embarazo, pero esta colmaba el vaso. Me admira profundamente la reacción de esta madre que saca de los males bienes

Las mujeres llevamos muchos años cayendo en la trampa que la sociedad de consumo nos tiende bajo el señuelo de libertad. Tomé conciencia de ello hace dieciocho años, mientras esperaba el autobús del colegio de mis hijos. Dos días antes me habían practicado una cesárea por sufrimiento fetal; el niño murió, y quería tranquilizar a sus cinco hermanos. Estaba en la parada, con las molestias de los puntos y la desolación de haber perdido el niño que esperábamos con ilusión durante nueve meses, y se me acercó un familiar que me dijo: «Te está bien, es una señal para que aprendas de una vez». ¿Qué tenía que aprender? ¿Qué había hecho para no merecer un poco de comprensión y de respeto? Aquel familiar era una mujer que no podía entender que, en los años noventa, una persona con formación no utilizase métodos anticonceptivos. Yo no tenía problemas, pero, pudiendo evitar embarazos, cinco niños seguidos eran, según el sentir general, una irresponsabilidad. La conciencia social había cambiado en pocos años, sencillamente porque el uso de los anticonceptivos se había extendido.

Sin embargo, es cierto que era una experiencia para aprender, y aprendí que mi vida no me pertenecía, y menos aún la de mis hijos, que eran un regalo del Señor de la vida para que cuidara y disfrutara de ellos. Desde entonces, agradecí aún más los cinco hijos que tenía y los cinco que vinieron después.

Desde esta perspectiva, observo que el aborto es una nueva trampa. Nos insisten sus defensores en que no se obliga a nadie a abortar, pero no nos engañemos: si el aborto se configura como un derecho de la mujer, se considerará un capricho la decisión de proseguir el embarazo de un niño no querido por su padre, o con deficiencias o malformaciones. Poco importa lo que diga la ley ahora; la madre se considerará la única responsable de haber traído al niño a este mundo, exculpando al padre y a la sociedad, y esta mentalidad se reflejará en la ley.

La mujer tiene derecho a participar activamente en la sociedad; es un derecho a la igualdad de oportunidades de todo orden: educativas, laborales, políticas. La sociedad necesita a la mujer, así como su capacidad para comprender a las personas, propia de lo femenino; sin embargo, el precio que impone a la mujer para participar en la vida social y laboral llega incluso a la renuncia a la maternidad, justificando el derecho a matar.

La mujer se ve sometida a una nueva esclavitud, propia de una sociedad injusta y miope. Injusta, porque justicia es dar a cada uno lo suyo, y la mujer en razón de su fecundidad necesita un trato diferente. Y miope, porque no es capaz de valorar la función de la madre en la educación de los niños, la transmisión de valores, su socialización y preparación para el mundo laboral, que es clave para el crecimiento de un país, que en suma será lo que sean los ciudadanos que lo componen.


Adopcion Espiritual