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30 mayo 2010

Testimonio Ana Mendez: Fundación Madrina

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Ana Méndez Álvarez es una de esas jóvenes que han sido madres antes de lo que esperaban. Un día dejó de utilizar métodos anticonceptivos con su ex novio, sin ser consciente de las consecuencias. "Fue una idea un poco absurda, de críos", reconoce. Y, así, de buenas a primeras, dio a luz a los 18 años a Brian.

Venía de sufrir un aborto por otro "accidente" con su antigua pareja, pero esta vez no quería repetir la interrupción del embarazo. Una decisión que su familia no apoyaba, por lo que que se marchó sola de casa, sin la ayuda de su madre ni de la del padre de la criatura, y finalmente acudió a un piso de acogida en Madrid de la Fundación Madrina.

A primera vista, Ana no aparenta 20 años. Carece de esa inocencia propia de su edad, de esa chispa. Con 20 años, lo normal es preocuparse por los exámenes de junio, por el chico de tu barrio que tanto te gusta, por ahorrar para un viaje con los amigos... Pero ahora Ana sólo tiene ojos para su pequeño.

"A veces no me llego a creer lo que hecho", señala. "Cuando te quedas embarazada con 18 años te miran como a un bicho raro", lamenta. "Ha sido una experiencia muy dura, pero si ahora me quitaran a Brian no sería nadie".

En la actualidad, Ana trabaja como comercial telefónica, aunque quiere ponerse a estudiar para lograr un puesto como administrativa. Y tiene claro que cuando su hijo crezca, le aconsejará que "no tenga prisas".




25 mayo 2010

Testimonio en vídeo de sanación post-aborto



Una ex-paciente de la terapia de La Viña de Raquel cuenta su testimonio de sanación post-aborto dentro del proyecto No Más Silencio en EEUU. En España, Unidos por la Vida tiene la representación de No Más Silencio y de la terapia de La Viña de Raquel a través de su página web www.nomassilencio.com

02 mayo 2010

He estado muerta durante nueve años

Ahora lo único que cuenta para mí es hacer que la muerte de mi hijo no se quede en el olvido.

Me dijo que se había enamorado de mí. Yo le quería mucho. Al principio de estar juntos oí hablar a nuestros amigos de su novia. Le pregunté si tenía novia. Me dijo que no. Yo le creí. Me hubiera hecho demasiado daño reconocer que jugaba conmigo. Él quiso que nos acostáramos enseguida. Para mí era impensable. Dios tenía que bendecir nuestra unión con el matrimonio para que acostarnos tuviera sentido para mí. Con el tiempo me dí cuenta de que su vida era con su novia y no conmigo. Pero me dolía tanto que me vendé los ojos. Pensé que nunca más en mi vida podría amar a otro hombre, así que ante Dios decidí que haría el amor con él, el único hombre que querría en toda mi vida. Y la primera vez me quedé embarazada. Los métodos anticonceptivos no tenían ninguna importancia para mí. Lo único que contaba era el amor que le tenía. Pensé que si me quedaba embarazada, aunque me daba vértigo, sería al menos un regalo de él que guardaría toda la vida: un hijo. Que a través de este hijo le podría querer a él también.

Él dijo que lo mejor era abortar. Yo no quería, mi corazón, mi instinto, Dios, la Virgen… todo me decía que abortar no era una opción posible. Le propuse todo para no abortar. Lo tendría yo sola, no le pedía ninguna responsabilidad, lo podría ver cuando quisiera. Me daba mucho miedo tenerlo sola, pero sentía fuerzas enormes que me empujaban hacia adelante. Sabía que me las arreglaría como fuera, que mi hijo estaría bien. Pero él no quería. Y empecé a pensar... y ahí empecé a morirme. Me dije que quién era yo para obligarle a tener un hijo. Y dije que sí, que abortaría. Le dí más importancia a lo que él quería que a mi propio hijo, que a mí misma, que a Dios, que a la Virgen, que a todo. Yo estaba tan ciega que confié en él.

Y aborté. Asesiné a mi hijo.

Y con el morí yo. He estado nueve años muerta. Sintiéndome de verdad el ser más ruín de la humanidad entera, de todos los tiempos. La más cruel, la más indigna, la más salvaje e inhumana, la única culpable de todo. Deseaba que me pasara lo peor, lo más cruel y doloroso, porque era lo único que me merecía. Quedarme en vida después de abortar ya era demasiado bueno para mí. Sufriendo, compensaría un poco lo que le hice a mi hijo y lo que sufrió.

He estado nueve años muerta, soñando siempre la misma pesadilla horrible. Teniendo miedo de que todo lo bueno que la vida me daba se esfumara de repente. Sabía que no merecía nada de lo que me pasaba de bueno. Me he alejado de todos los míos, porque nadie me entendía... cuando en realidad es porque yo misma no me sentía digna de ellos que me querían tanto.

He estado nueve años muerta, anestesiada, sin sentimientos de verdad. Todo era a medias. Si estaba contenta o feliz, era con miedo de que se me acabara. Si tenía que estar triste por algo, no lo estaba, nada podía ser más grave que haber matado a mi propio hijo.

Y en el octavo aniversario del que hubiera tenido que ser el nacimiento de mi hijo, la bomba me ha estallado en plena cara. Estos nueve años la bomba se había mantenido en silencio, había conseguido taparla, hacer como si no estuviera aquí. Hasta que me ha estallado. He explotado en pedazos, me ha destrozado. Ha sido como si hubiera acabado de abortar ahora mismo. El dolor, el arrepentimiento, el sufrimiento... Todo lo que no viví después de abortar porque me quedé como muerta, lo he vivido ahora en unas semanas. AVA me ha ayudado, y una psicoterapeuta a la que estaré agradecida toda la eternidad. Ha sido muy doloroso, diría incluso que más que cuando aborté. Ha dolido mucho. Me he dado cuenta de lo mal que he estado este tiempo. No sé cómo he podido aguantar. Me han ayudado a entender por qué lo hice. He comprendido muchas cosas sobre mí misma. He conseguido por fin perdonarme, y sobre todo aceptar el perdón que mi hijo y Dios me habían dado ya desde hacía mucho tiempo. Todas las respuestas estaban en mi ser, pero yo no las podía ver. Es la psicoterapeuta que me ha abierto los ojos.

Y me siento resucitada. Mejor que nunca. Es triste el que abortara a mi hijo. Pero esta cosa tan horrenda y todo el mal que ha venido después han servido de abono para que creciera algo bueno. Esto bueno es una nueva vida, distinta, cambiada. Ahora valoro infinitamente más las cosas esenciales, el valor de la vida, de la fe, de la familia, de la amistad, del amor. Ahora lo único que cuenta para mí es hacer que la muerte de mi hijo no se quede en el olvido. Está vivo, me acompaña todos los días en mi vida, me ayuda a hacer cosas buenas. Y siento que mi misión es hacer dos veces el bien: una por el bien que me toca hacer, y otra por el bien que hubiera podido hacer mi hijo y que no pudo.

Gracias a todos los que me ayudan. Y espero que este testimonio pueda ayudarte, si lo estás pasando mal. Si dudas, escucha a tu hijo en tu corazón, sobre la tierra sólo te tiene a ti. Si lo irreparable ya lo has hecho, que sepas que hay salida, que se puede ser feliz a pesar de todo y con todo, con tu hijo.

Bárbara.


19 abril 2010

Enrique Ferrara, enfermero arrepentido de colaborar en abortos


ALBA En 1996 el enfermero Enrique Ferrara accedió a una plaza de quirófano en el Hospital Severo Ochoa de Leganés. Llevaba entonces más de diez años ejerciendo su profesión; había pasado por Urgencias, por Pediatría, Medicina Interna… La llegada al quirófano suponía una mejora en su carrera profesional.

Primero fue rotando por las distintas especialidades y después recaló en el quirófano de Ginecología: cesáreas de urgencia, histerectomías, operaciones de mama y los viernes… “Los viernes estaban programados los abortos”.

A Ferrara no le gusta hablar de aquellos meses -casi dos años- en los que colaboró en la práctica de abortos, pero cree que la gente tiene que saber lo que son en realidad: “Si mi testimonio sirve para que una persona cambie de opinión, ya es bastante”. Por eso contó su historia a la revista Misión y por eso recibe ahora a ALBA.

Lejos de su ánimo -y del nuestro- caer en el morbo o en la violencia gratuita; se trata de una dosis de realidad, de dura realidad, que sucede minuto a minuto, día tras día, hasta 120.000 veces al año en España.

“En Leganés sólo se empleaba entonces la técnica de aspiración; no sé si aparte, en Reanimación, se hacían partos inducidos para expulsar al feto, pero eso yo, gracias a Dios, no lo he visto”.

Encender el aspirador

Lo que sí vio Enrique fue la tristeza inmensa que invade a la mujer que se somete a un aborto voluntario. “Me di cuenta de que ellas eran las que menos deseaban estar allí. Están presionadísimas por su familia o su pareja, porque tienen miedo a perder su trabajo… y casi todas lloran antes y después del aborto”.

Dependiendo de la paciente y de las semanas de gestación se utiliza anestesia general o local. “Si la anestesia es local, la paciente está sedada y más de una vez se ha despertado alguna sobresaltada o dolorida en medio de la intervención; incluso se incorporaba”, relata Enrique, que fue testigo de la hipocresía que reina entre los enfermeros: “Cuando llegué al quirófano de ginecología, me dijeron que, en los abortos, los enfermeros nunca ‘tiraban de la valva’ [un instrumento utilizado a modo de pala para abrir el cuello del útero y poder así introducir la cánula que va conectada al aspirador], que habían conseguido no tener que hacerlo”.

Sin embargo, los enfermeros sí ayudaban al anestesista y eran, además, los encargados de encender el aspirador con el que se succiona al feto. “Al final estás colaborando”.

Cuando Enrique Ferrara llegó a Ginecología, “no era un defensor del aborto, pero tampoco estaba en contra”. Los enfermeros, al contrario que los médicos, no pueden objetar a la práctica de abortos -”si dices que no haces abortos, te amenazan con mandarte a Urgencias, casi como castigo”-, así que Enrique se vio, casi sin darse cuenta, “envuelto en eso”.

A medida que pasaban los meses algo en su interior le llevaba a rechazar lo que veía y hacía. “Se juntaron muchos factores. Además de verlo en primera persona, yo estaba en un momento de cambio interior, de transformación”.

Se fue a hacer unos ejercicios espirituales que “al principio”, dice él, no le “sirvieron demasiado”, pero, poco a poco, fue “abriendo los ojos”.

Cuenta que no podía dormir y que en esas noches en vela se planteaba para qué servía su trabajo hasta que, un día, “todo lo que antes daba igual lo veía desde otro punto de vista”.

Hubo muchas pequeñas cosas que le llevaron a no poder soportar ese día a día en los quirófanos de abortos; una de ellas, ver cómo los aspiradores quedaban “atascados con fragmentos de tejido” durante el aborto. “La mayor parte del tiempo lo que ves son como coágulos de sangre, pero de vez en cuando el aspirador se atascaba y podías ver tejidos humanos, perfectamente identificables”.

Otra, ver a una chica en la zona de corta estancia -donde están las pacientes acompañadas de sus familiares antes de la operación-. “Ella no estaba convencida y su madre era la que le decía que lo tenía que hacer. En el último momento la chica se levantó y le dijo: ‘Aquí decido yo y no quiero hacer esto’, y se marchó sin abortar”.

Otras muchas, en cambio, entraban llorando en el quirófano, pero entraban. “Los médicos, al verlas llorar, les decían ‘la próxima vez toma precacuciones’, nada más”.

Tomada la decisión de cambiar el rumbo, Enrique Ferrara buscó primero la paz espiritual, “un sacerdote que me pudiera ayudar con esto porque no puede ser cualquiera”. Se confesó por primera vez después de muchos años y recuperó la serenidad personal.

Reportaje íntegro en el número 273 del semanario