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17 enero 2011

Lo último que vi fue la espina dorsal pequeña, perfectamente formada, succionada por el tubo...

Abby Johnson
Nota: Este texto es el primer capítulo del libro de Abby Johnson, UnPlanned, de próxima aparición.


A pesar que había estado con Planned Parenthood durante ocho años, nunca había sido asignada a la sala de examen para ayudar al equipo médico durante un aborto, y no tenía idea por qué me necesitaban ahora. Las enfermeras de profesión eran las únicas que ayudaban en los abortos, no otro personal de la clínica. Como directora de esta clínica en Bryan, Texas, en un apuro yo podía reemplazar a alguien en cualquier puesto, excepto, por supuesto, a los médicos o enfermeras que realizan procedimientos médicos. En unas pocas ocasiones estuve de acuerdo con el pedido de una paciente para permanecer con ella y sostener su mano durante el procedimiento, pero sólo cuando yo había sido la consejera que había trabajado con ella durante la ingesta y el asesoramiento. Ese no era el caso hoy. Por eso me pregunté: ¿por qué me necesitan?

El abortero que estaba hoy de visita había estado aquí en la clínica Bryan sólo dos o tres veces antes. Tenía un consultorio privado para abortos a unos 250 kilómetros de distancia. Cuando hablé con él sobre el trabajo varias semanas antes,  me  explicó que en su propio establecimiento solo se hacían abortos guiados por ecografías, que es el procedimiento de aborto con el menor riesgo de complicaciones para la mujer. Puesto que este método permite al médico ver exactamente lo que está pasando en el interior del útero, hay menos probabilidades de perforar la pared uterina: uno de los riesgos del aborto. Yo respetaba lo que me dijo. Esto es lo máximo que se podía hacer para mantener a las mujeres seguras y saludables, lo mejor en lo que a mí se referiría. Sin embargo, yo le expliqué que esta práctica no era el protocolo en nuestra clínica. Él entendió y dijo que respetaría nuestro procedimiento típico, aunque se había un convenio según el cual  él tendría la libertad de utilizar la ecografía si se encontraba en una situación particular que lo justificara.

Que yo sepa, nosotros nunca habíamos hecho abortos guiados por ecografías en nuestras instalaciones. Hacíamos abortos sólo cada dos sábados, y la meta asignada en esos días por nuestra afiliada Planned Parenthood era realizar 25 a 35 procedimientos. Nos gustaba concluir en torno a las 2 p.m. Nuestro procedimiento típico tardaba casi 10 minutos, pero una ecografía agregaba unos cinco minutos, y cuando estás tratando de programar hasta 35 abortos en un día, esos minutos adicionales aumentan mucho el tiempo.

Por un momento sentí repugnancia fuera de la sala de examen. Nunca me gustó entrar en esta habitación durante un procedimiento de aborto, ya que nunca acepté lo que sucedía detrás de esa puerta. Pero ya que todos teníamos que estar listos en cualquier momento para arrimar el hombro y hacer el trabajo, abrí la puerta y entré.

La paciente ya estaba sedada, aún consciente pero aturdida, la luz brillante del médico cayendo sobre ella. Ella estaba en posición, los instrumentos estaban cuidadosamente dispuestos en la bandeja, al lado del médico, y una enfermera profesional estaba colocando la máquina de ecografías al lado de la mesa de operaciones.

“Voy a realizar un aborto guiado por ecografía en esta paciente. Te necesito para mantener la sonda del aparato”, me explicó el médico.

Cuando tuve la sonda de la ecografía en la mano y ajusté la configuración de la máquina, yo discutía conmigo misma: no quiero estar aquí. No quiero participar en un aborto. A decir verdad, era una actitud equivocada, ya que yo necesitaba mentalizarme para esta tarea. Respiré hondo y traté de sintonizar la música de la radio, que sonaba suavemente en el fondo. Es una buena experiencia de aprendizaje  "Nunca antes he visto un aborto guiado por ecografía", me dije. Tal vez esto me ayude cuando aconseje a las mujeres. Voy a aprender de primera mano acerca de este procedimiento más seguro. Además, estaré afuera en tan sólo unos minutos.

Yo no había imaginado cómo los siguientes 10 minutos sacudirían los cimientos de mis valores y cambiarían el curso de mi vida.

Ocasionalmente  había efectuado antes diagnósticos con ecografías para las clientes. Éste era uno de los servicios que ofrecíamos para confirmar el embarazo y estimar qué tan avanzado estaba. La familiaridad de preparar para una ecografía calmó mi inquietud por estar en esta sala. Apliqué el gel en el vientre de la paciente, y luego maniobré la sonda del aparato hasta que se vio en la pantalla el útero y ajusté la posición de la sonda para captar la imagen del feto.

Yo estaba esperando  ver lo que había visto en ecografías anteriores. Por lo general, dependiendo de lo avanzado que estuviera el embarazo y de la forma que el feto movía, primero sea veía una pierna, la cabeza o alguna imagen parcial del torso, por eso tuve que maniobrar un poco para obtener la mejor imagen posible. Pero esta vez la imagen era completa, es decir, pude ver el perfil completo y perfecto de un bebé.

"Se ve como Grace a las 12 semanas" pensé sorprendida, recordando la primera visión que tuve de mi hija, tres años antes, acurrucada y protegida dentro de mi vientre. La imagen que tenía ahora frente a mí parecía la misma, sólo que más clara y más nítida. El detalle me sorprendió. Pude ver claramente el perfil de la cabeza, ambos brazos, las piernas e incluso los pequeñísimos dedos de las manos y los pies. Era una imagen perfecta.

Pero rápidamente el aleteo de la cálida memoria de Grace fue sustituida por una oleada de ansiedad. ¿Qué voy a ver? Mi estómago se puso rígido. No quiero ver lo que está a punto de suceder.

Supongo que suena extraño, viniendo de una profesional que había administrado una clínica de Planned Parenthood durante dos años, aconsejando a las mujeres en crisis, programando abortos, revisando los informes mensuales del presupuesto de la clínica, contratando y capacitando personal. Pero extraño o no, el simple hecho es que yo nunca había estado interesada en la promoción del aborto. Yo había llegado a Planned Parenthood ocho años antes, creyendo que su propósito era principalmente prevenir embarazos no deseados y, en consecuencia, reducir el número de abortos. Esta había sido sin duda mi meta. Y yo creía que Planned Parenthood salvaba vidas, las vidas de las mujeres que, sin los servicios proporcionados por esta organización, podrían recurrir a algún carnicero de la calle. Todo esto se aceleró a través de mi mente, mientras yo sostenía con cuidado la sonda en posición.

“Trece semanas”, oí decir a la enfermera después de hacer mediciones para determinar la edad del feto.
“De acuerdo”, dijo el doctor mirándome, “simplemente mantén la sonda en posición durante el procedimiento, así puedo ver lo que estoy haciendo”.

El aire fresco de la sala de examen me dejó fría. Mis ojos estaban todavía pegados a la imagen de este bebé perfectamente formado, cuando vi como se hacía presente una nueva imagen en la pantalla. La cánula – un instrumento unido al extremo del tubo de succión – se había insertado en el útero y se acercaba hasta situarse al lado del bebé. Se veía como un invasor en la pantalla, fuera de lugar. Mal, esto simplemente se veía mal.

Mi corazón se aceleró. El tiempo se volvió más lento. Yo no quería mirar, pero no quería dejar de mirar bien. Yo no podía no observar. Yo estaba horrorizada, pero estupefacta al mismo tiempo, como un papamoscas que reduce la marcha cuando pasa al lado de algunos restos horribles de un automóvil: no queriendo ver un cuerpo destrozado, pero mirándolo lo mismo.

Mis ojos volaron hacia el rostro de la paciente, las lágrimas corrían por las comisuras de sus ojos. Pude ver que estaba dolorida. La enfermera secó el rostro de la mujer con un pañuelo de papel.
“Simplemente respire”, la enfermera la alentó gentilmente. “Respire”.

“Está casi terminado”, susurré. Quería mantenerme concentrada en ella, pero mis ojos se zambulleron de nuevo en la imagen en la pantalla.

Al principio, el bebé no parecía consciente de la cánula. Se situó suavemente al lado del bebé, y por un instante sentí un rápido alivio. Por supuesto, pensé, el feto no siente dolor. Yo había tranquilizado a un sinnúmero de mujeres sobre esto, tal como me habían enseñado en Planned Parenthood. El tejido del feto no siente nada cuando se lo elimina. Entiéndelo, Abby. Éste es un procedimiento médico rápido y simple. Mi cabeza estaba trabajando a pleno para controlar mis respuestas, pero yo no podía eliminar una inquietud interior que rápidamente estaba llegando a la cima del horror en el momento que observé la pantalla.

El siguiente movimiento fue la sacudida repentina de un pie pequeño, en el momento que el bebé comenzó a patear, como si estuviera tratando de alejarse de la sonda invasora. A medida que la cánula lo apretaba al costado, el bebé empezó a luchar para girar y girar de inmediato. Me pareció claro que podía sentir la cánula, y que no le gustaba lo que estaba sintiendo. Y luego la voz del médico se abrió paso, provocándome un susto.

“Sonríe, Scotty”, le dijo despreocupadamente a la enfermera. Él le estaba diciendo que volviera a la succión – en un aborto, la succión no está activada hasta que el médico siente que la cánula está en el lugar exacto.

Tuve un repentino deseo de gritar “¡Alto!”. Quería sacudir la mujer y decirle: “¡Mira lo que le está sucediendo a tu bebé! ¡Despierta! ¡Date prisa! Haz que se detengan!”.
Pero aun cuando pensaba estas palabras, vi que mi propia mano sostenía la sonda. Yo era uno de “ellos” al llevar a cabo este acto. Mis ojos se sumergieron de nuevo en la pantalla. El médico giraba ya la cánula y entonces pude ver el pequeño cuerpo retorciéndose violentamente con ello. En el brevísimo momento en que el bebé se veía como si estuviera siendo exprimido como un trapo de cocina, giró y se encogió. Y luego se desplomó y comenzó a desaparecer dentro de la cánula ante mis ojos. Lo último que vi fue la espina dorsal pequeña, perfectamente formada, succionada por el tubo, y luego se fue. El útero quedó vacío, totalmente vacío.

Quedé helada, no lo podía creer. Sin darme cuenta, me desprendí de la sonda. Ésta se desplazó fuera del vientre de la paciente y se deslizó sobre su pierna. Yo podía sentir mi corazón golpeando, latiendo tan fuerte que mi cuello vibraba. Traté de hacer una respiración profunda, pero sin poder respirar hacia adentro o hacia afuera. Yo seguía mirando a la pantalla, a pesar que estaba negra, porque yo había perdido la imagen. Pero no estaba registrando nada para mí. Me sentí demasiado aturdida y sacudida para moverme. Yo oía al médico y a la enfermera conversando en forma casual mientras trabajaban, pero sonaban distantes, como un ruido vago en el fondo, difícil de entender en los latidos de mi propia sangre en mis oídos.

La imagen del pequeño cuerpo, mutilado y aspirado, se estaba repitiendo en mi mente, y con ello la imagen de la primera ecografía de Grace, que había sido aproximadamente del mismo tamaño. Y pude recordar y oír una de las tantas discusiones que había mantenido con mi esposo, Doug, sobre el aborto.

“Cuando estuviste embarazada de Grace, ella no era un feto, sino un bebé”, dijo Doug. Y ahora esto me golpea como un rayo: ¡Tenía razón! Lo que estaba en el vientre de esta mujer hace un momento era algo vivo. No era solamente tejidos o células. Era un bebé humano. ¡Y estaba luchando por su vida! Una batalla que perdió en un abrir y cerrar de ojos. Lo que he dicho a la gente durante años, lo que he creído y enseñado y defendido, es una mentira.

De pronto sentí los ojos del médico y la enfermera sobre mí. Esto me sacó de mis pensamientos. Me di cuenta que la sonda estaba extendida en las piernas de la mujer y a duras penas pude volver a ponerla en su lugar. Pero ahora mis manos estaban temblando.

“Abby, ¿estás bien?”, preguntó el médico. Los ojos de la enfermera buscaban mi cara, porque estaba preocupada.

“Sí, estoy bien”. Todavía no había colocado la sonda en la posición correcta, y ahora estaba preocupada porque el médico no podía ver el interior del útero. Mi mano derecha sostenía la sonda, y mi mano izquierda estaba cautelosamente puesta en el vientre cálido de la mujer. La miré a la cara, en la que había más lágrimas y una mueca de dolor. Corrí la sonda hasta que recuperé la imagen del útero ahora vacío. Mis ojos viajaron de nuevo a mis manos. Las observé como si ellas no fueran las mías: "¿Cuánto daño han hecho estas manos en los últimos ocho años? ¿Cuántas vidas han sido tomadas a causa de ellas?" No sólo de mis manos, sino a causa de mis palabras. ¿Y si yo hubiera sabido la verdad, y lo que le dije a todas esas mujeres?

¿Qué pasa si... ?

¡Yo había creído en una mentira! Había promovido ciegamente la “línea de la compañía” durante tanto tiempo. ¿Por qué? ¿Por qué no había buscado la verdad por mí misma? ¿Por qué había cerrado los oídos a los argumentos que había escuchado? ¡Oh, Dios mío, ¿qué he hecho?

Mi mano estaba todavía en el vientre de la paciente, y tuve la sensación que acababa de tomar algo de ella con esa mano. Yo le había robado. Y mi mano comenzó a dolerme. Sentí un dolor físico, real. Y allí, de pie junto a la mesa, mi mano en el vientre de la mujer que llora, este pensamiento vino desde lo más profundo de mí: ¡Nunca más! Nunca más.

Entré en piloto automático. Cuando la enfermera limpió a la mujer, dejé la máquina de ecografías, luego desperté suavemente a la paciente, que estaba débil y atontada. La ayudé a sentarse, la senté en una silla de ruedas y la llevé a la sala de recuperación. La envolví con una manta liviana. Al igual que tantos pacientes que había visto antes, ella continuó llorando, envuelta en un obvio dolor emocional y físico. Hice mi mejor esfuerzo para hacerla sentir más cómoda.

Diez minutos, tal vez 15 a lo sumo, habían pasado desde que Cheryl me había pedido que fuera a ayudar en la sala de examen. Y en esos pocos minutos todo había cambiado. Drásticamente. La imagen de ese pequeño bebé retorciéndose y luchando se mantuvo repetidas veces en mi mente. Y la paciente: me sentía tan culpable. Yo había tomado algo precioso de ella, y ella ni siquiera lo sabía.

¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había permitido que pasara esto? Yo me había comprometido a fondo, mi corazón y mi carrera en Planificación Familiar porque me preocupaba por las mujeres en crisis. Y ahora me enfrenté a una crisis que era totalmente mía.

Mirando ahora hacia atrás, en ese día de finales de septiembre de 2009, me doy cuenta de cuán sabio es Dios por no revelar nuestro futuro para nosotros. Si yo hubiera sabido entonces que estaba a punto de estar en medio de una tormenta de fuego, yo no podría haber tenido el coraje de seguir adelante. Por eso, dado que no sabía, todavía no estaba buscando ser valiente. Sin embargo, yo estaba buscando entender cómo me encontré en este lugar – viviendo una mentira, difundiendo una mentira y perjudicando a las propias mujeres a las que yo quería ayudar.

Y yo necesitaba desesperadamente saber qué hacer a continuación.
Traducción por José Arturo Quarracino con revisión del sitio



19 febrero 2009

16 años ¿madurez para morir?

Yo tenía 23 años y ella 16, y me confesó que estaba embarazada, que estaba sola y que tenía mucho miedo, yo le dije que no se preocupara, y ella decía que nuestros padres se iban a poner furiosos y que tenía miedo de que la echaran de casa, y yo le dije que nuestros padres serían incapaces de hacer una cosa así, y que si en una de esas se atrevían a echarla, yo me iba con ella y le prometí que ni a ella ni a mi sobrino le iba a pasar nada, y que la iba a ayudar a hablar con nuestros padres.

Ahí parecía que se había tranquilizado, aunque todavía no habíamos encontrado el momento para decírselo a la familia. Pero a los pocos días, una tarde que llego de la facultad la encuentro tirada en la cama y sangrando. Cuando vi la caja de pastillas abierta en la mesa de luz me di cuenta de qué estaba pasando y la llevé de urgencia al hospital (estábamos solas en casa, mis padres no supieron en ese momento lo que pasaba).

Más tarde, en casa, le pregunté por qué lo había hecho (no a modo de reproche, antes de que empiecen a decir cualquier cosa) y me contó todo: que le habían taladrado la cabeza con que no era un bebé, que el aborto no es un asesinato, que si tenía al bebé se iba a arruinar la vida y nos la iba a arruinar a todos, que no podía tener un hijo a esa edad, que era una egoísta por querer traer un hijo al mundo para que después nos tuviéramos que hacer cargo nuestros padres o yo.

Mi hermana lloraba, estaba destruida, decía que era una mala persona, yo la abracé y le dije que no, que no era ninguna mala persona, porque no lo había hecho por maldad ni por egoísmo, sino por malas influencias que le llenaron la cabeza, que esas eran las malas personas y no ella, me hizo prometerle que no diría nada a nuestros padres y yo no sabía qué hacer porque cada día estaba peor. Cuando salíamos a alguna parte, veía una embarazada y lloraba, veía un bebé y lloraba, esas crisis eran realmente terribles y fue empeorando, se la pasaba encerrada en su cuarto y tirada en la cama, no quería salir, no quería comer, no quería ir al colegio, había perdido absolutamente las ganas de vivir.

Intenté convencerla de que hiciera terapia pero ella a cada momento decía que lo único que quería era morirse, que era una mierda, que no merecía vivir, le decía que eso no era verdad y no me quería escuchar, yo no sabía qué hacer, pensaba en decirle a nuestros padres la verdad, para que así ellos trataran de ayudarla, pero por otro me daba miedo porque si mis padres se enteraban de que mi hermana abortó, se enojarían mucho y eso la hundiría más y sería peor. Trataba de convencerla de salir, de ir al colegio, de hacer cosas, de tomar terapia pero todo fue en vano.

un día que nos levantamos a la mañana, el baño estaba cerrado con llave. Golpeamos la puerta del baño, llamábamos a mi hermana, no respondía. Mi papá fue a buscar las copias de las llaves, entramos y encontramos a mi hermana muerta. Fue muy fuerte, es algo de lo que todavía no logramos reponernos. Cuando la estábamos velando, les conté la verdad a mis padres y ellos se lamentaban, decían que por qué Ana no había confiado en nosotros, que por qué no había hablado con ellos antes, yo me sentí culpable por no haberles dicho la verdad antes a mis padres y por no haber sabido cuidar a mi hermana de las malas influencias que la llevaron a ese aborto y a esa depresión.

Hoy, después de casi 2 años, mal que mal aprendimos a vivir con eso pero no lo vamos a poder superar nunca, porque esa mierda que se llama aborto no sólo mató a mi sobrino, sino que también destruyó a mi hermana y nos arruinó la vida a mí y a mis padres.

Para que vean, a mi hermana nadie la llamó asesina. Nunca. Por lo menos en nuestra casa. De lo único que puedo sentirme yo culpable es de no haber hablado con mis padres a tiempo y de no haber cuidado más a mi hermana de los que la llevaron a esto. Así que ahora, si van a hablar de mi hermana, háganlo sabiendo bien cómo fue todo y no conjeturando, ok?

Firmado: R.


Adopcion Espiritual

14 noviembre 2008

Testimonio de Montse que abortó en Les Corts en Barcelona







Monste es una mujer que ha sufrido engañoz, coacción, abandono y soledad en su reciente embarazo que acabó en aborto, gestionado por la ONG Salud y Familia, en el centro Les Corts


Adopción Espiritual
Aborto

28 abril 2008

Fallece el médico Carlos Cristos, protagonista del documental «Las alas de la vida»

El médico Carlos Cristos, protagonista del documental Las alas de la vida , falleció en la madrugada del pasado sábado, a los 51 años, en su domicilio mallorquín. Aquejado de una enfermedad terminal, Cristos reflejó su lucha por la dignidad en el vivir y el morir, sin dramatismo y «si es posible, con una sonrisa», en esta producción que se alzó con el primer premio a la mejor película documental en la Seminci 2006.

«Carlos Cristos murió rodeado de los suyos y con el sosiego y la serenidad que siempre había deseado para sí y para los demás», informa en una nota la productora de la película, que, por expreso deseo de la familia, hizo pública la muerte del médico ayer, después de su incineración. El pasado día 9 de febrero Carlos Cristos recibió en su domicilio al ministro de Sanidad y Consumo, Bernat Soria-, que le manifestó el interés de su Departamento en divulgar la película para ayudar a cumplir los objetivos de la Estrategia de Cuidados Paliativos. Una semana antes de su fallecimiento, el largometraje se exhibió en el espacio de La 2 Versión española .

Atrofia sistémica múltiple A este médico de familia le diagnosticaron AMS -atrofia sistémica múltiple-, una enfermedad mortal, rara, que entendió con la cabeza, «pero no con el corazón», confesaba en Las alas de la vida , documental dirigido por su amigo Antoni P. Canet que se estrenó en abril del año pasado. En cada pase, Las alas... generaba una corriente de emociones gracias a la humanidad, sinceridad y transparencia de este hombre que quiso que una cámara le acompañara en el final de su vida «para hablar con naturalidad del testamento vital, la muerte sin necesidades, la intimidad, la neurología del morir, los cuidados paliativos, la muerte digna...».

Publicado en Diario de León


Adopcion Espiritual

Fallece el médico Carlos Cristos, protagonista del documental «Las alas de la vida»

El médico Carlos Cristos, protagonista del documental Las alas de la vida , falleció en la madrugada del pasado sábado, a los 51 años, en su domicilio mallorquín. Aquejado de una enfermedad terminal, Cristos reflejó su lucha por la dignidad en el vivir y el morir, sin dramatismo y «si es posible, con una sonrisa», en esta producción que se alzó con el primer premio a la mejor película documental en la Seminci 2006.

«Carlos Cristos murió rodeado de los suyos y con el sosiego y la serenidad que siempre había deseado para sí y para los demás», informa en una nota la productora de la película, que, por expreso deseo de la familia, hizo pública la muerte del médico ayer, después de su incineración. El pasado día 9 de febrero Carlos Cristos recibió en su domicilio al ministro de Sanidad y Consumo, Bernat Soria-, que le manifestó el interés de su Departamento en divulgar la película para ayudar a cumplir los objetivos de la Estrategia de Cuidados Paliativos. Una semana antes de su fallecimiento, el largometraje se exhibió en el espacio de La 2 Versión española .

Atrofia sistémica múltiple A este médico de familia le diagnosticaron AMS -atrofia sistémica múltiple-, una enfermedad mortal, rara, que entendió con la cabeza, «pero no con el corazón», confesaba en Las alas de la vida , documental dirigido por su amigo Antoni P. Canet que se estrenó en abril del año pasado. En cada pase, Las alas... generaba una corriente de emociones gracias a la humanidad, sinceridad y transparencia de este hombre que quiso que una cámara le acompañara en el final de su vida «para hablar con naturalidad del testamento vital, la muerte sin necesidades, la intimidad, la neurología del morir, los cuidados paliativos, la muerte digna...».

Publicado en Diario de León


Adopcion Espiritual

18 abril 2008

Sonia Paz Soto Aguilar: Una vida de esperanza


Sonia Paz Soto Aguilar, más conocida como Pachi, es una de esas mujeres que da gracias por estar viva. En su camino ha debido enfrentar fuertes obstáculos, de los cuales ha sabido sobreponerse con gran valentía y mucho coraje. Hoy, en Estados Unidos y después de haber adoptados tres niños del desastre de Chernobyl, se encuentra tramitando una cuarta adopción. Y todo ello para disminuir el sufrimiento de pequeños que han estado, al igual que ella, a un paso de la muerte.

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¿En qué trabajabas antes?
Mi marido era médico y juntos abrimos una práctica, yo manejaba una clínica. Empezamos con una práctica con dos salas de exámenes y al final terminamos con una clínica de dos pisos con doce empleados y cinco departamentos: radiografías, laboratorio y terapia física.

¿Y qué pasó con tu marido?
Mira, en realidad crecimos separados. Cada uno tomó un rumbo diferente, lo que a mí me interesaba no le interesaba a él, lo que a él le interesaba ya no me interesaba a mí. Seguimos amigos, fue un buen padre y marido. Estuvimos casados desde el 76 hasta el 89.

¿Y te enfermaste?
Sí, no hay peor cosa que ser mujer de un médico y enfermarse. Los médicos ven enfermedades todo el día y cuando la familia se enferma, tienen como una negación, como que "¡Ah! No están enfermos".

Me enfermé de post polio, que viene 30 años después del ataque inicial de polio. El virus de la poliomelitis es como un Pac Man que se come las células de la espina dorsal y dependiendo de las células que mueren, son los músculos que se atrofian, que mueren. En mi caso, después de treinta años se ha descubierto que aquellos músculos que quedaron huérfanos, fueron adoptados por células que quedaron vivas y esas células botan los músculos adoptados una vez que se cansan. Y de repente, músculos que jurabas que estaban bien, empiezan a morir. Te empiezas a cansar, se te empiezan a caer cosas de las manos, porque se te duermen, te empieza a dar dolor de cabeza, fatiga, dolores musculares.

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Nadie sabía lo que tenía y estaba botada. Estuve en silla de ruedas seis meses, hasta que un doctor en Santa Bárbara me dijo: "No, lo que tú tienes es un síndrome nuevo que recién se descubrió. Tienes que ir a tal hospital en Los Ángeles que se llama Rancho los Amigos". Partí para allá y me sacaron líquido de la espina dorsal, me hicieron todos los test. El problemas es que es un síndrome muscular progresivo, que avanza. La suerte mía es que desde el 90 hasta ahora me he mantenido igual. Si me canso, se me nota porque se me acaba la batería, me quedo callada, como que me desinflo.

¿Pero tu enfermedad se acabó, está en regresión o no sabes?
Está ahí, la enfermedad es progresiva. Pero no he sentido que haya avanzado, porque me he cuidado mucho.

¿No te asusta?
Claro que me asusta. Imagínate la idea que el día de mañana no pueda caminar, no pueda ir con los niños a la playa, que tenga que estar acostada conectada a un respirador, eso es lo que más miedo me da, no poder respirar.

Ahora existe el respirador, pero me daría mucha lata estar conectada, porque soy activa, me gusta andar. La doctora me preguntó: "¿Qué quieres, calidad o cantidad?". Le dije calidad, porque quiero estar activa con mis hijos ahora, no quiero que digan: "no, mi mamá no puede venir porque está enferma". No quiero ese recuerdo para ellos. Quiero que digan, "mi mamá siempre viene, mi mamá está siempre con nosotros". Si llegado el momento, ya no puedo, que me empujen; voy igual.

¿Y eso cambió la terapia, las drogas que te dieron?
Sí, trataron con cualquier cantidad. El problema es que como me gusta estar metida en la cuestión, si me daban remedios muy pesados me quedaba dormida, te juro que si tomo antiestamínico me duermo.

¿Qué pronóstico tienes?
Que de aquí a diez años más tiene que haber un cambio, pero si me cuido y mantengo el mismo peso, me acuesto temprano, tengo una buena dieta y trato de dormir siesta todos los días, mi pronóstico es bueno.

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Hice un grupo de apoyo y puse un anuncio en el diario que decía que a todos los que le haya dado polio, que llamaran a este teléfono. Llamaron como 20 personas en este pueblo. Nos juntamos después que cerraba la clínica, hacía mi grupo, tomábamos té, conversábamos, intercambiábamos ideas. Lo cancelé después de un año, porque estaba muy deprimida. De los 20, había ocho que estaban con respirador; los otros estaban en cama, dos se habían muerto y el resto estábamos súper mala onda, nos sentábamos y nos mirábamos.

Pachi como madre

¿Tuviste tres hijos?
Sí, mis embarazos ¡Qué tiempo más feliz! La cosa más linda es estar embarazada. También tuve pérdidas. Nació mi hija Pascal que pesó como cuatro kilos, tremenda guagua. Después nació Jason. Él nació prematuro, el hígado no estaba desarrollado, tenía ictericia y estuvo en la incubadora como un mes. Después, la Michelle. Ahí tuve la primera pérdida, traté de nuevo y tuve la segunda pérdida, traté de nuevo y esa vez fue pésimo porque esa vez eran mellizos, entonces perdí tres veces cuatro hijos, pero ahora los recuperé: Nikita, Tatiana, Dimitri y estamos esperando a la Ela.

¿Cuándo decidiste adoptar niños?
Empecé el 92, me moría de ganas de tener guagua. Si andaba viendo a todas las mamás con guaguas. Pero el doctor me había dicho que no, que no era buena idea, la post polio es muy difícil y el embarazo te saca mucha energía y empecé a hablar con una amiga que tiene agencia de adopción en Los Angeles y me dijo, "voy a mirar ¿qué quieres?". Le digo "quiero una niñita". Partió y de repente me llama por teléfono y me dice, "en Rusia, en un lugar que se llama Ufa, vi a tu hija". "No te puedo creer"; "Sí, es nada más rica, se parece a la Mafalda y es así bien maceteada, chica y mal genio. Pero tiene algo en la mirada esa niñita, que es tu hija". Empezamos a hacer los papeles y el 94 llegó la Tatiana... Mafalda. Tenía problemas endocrinos y no estaba creciendo, parecía una enanita. La llevamos al doctor, le hicieron unos tratamientos y ahora creció y adelgazó.

Ese mismo tiempo empecé a hacer los papeles para adoptar a Nikita. Yo quería adoptar niños con problemas, no niños sanos porque ya Dios me había dado tres hijos sanos y quería agradecerle a Dios de una manera especial, haciendo una diferencia y adoptando los niños enfermos. Pero tenía que ser una enfermedad que no me causara tanto gasto de energía. No podía ser un niño que no pudiese caminar, ponte tú, tenía que ser otro tipo de problemas.

¿Por qué estando enferma decides adoptar a un niño enfermo?
Porque la enfermedad siempre ha sido parte de mi vida, la polio, como que no es algo nuevo. A lo mejor si hubiese sido sana y cualquier día me enfermaba iba a ser una cuestión terrible; pero como lo he tenido toda mi vida es como parte de mí. Sé lo que es sufrir, sé lo que es ser diferente, y si puedo cambiarles la vida, que no crezcan solos, abandonados y enfermos; sino que crezcan enfermos pero acompañados y queridos, por qué no.

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¿Nikita el fue el primero?
Claro, empezamos a hacer los papeleos para Nikita. Él había nacido con la vejiga afuera del cuerpo. Eso debido a que los papás fueron expuestos a Chernobyl y los médicos en Ucrania podían operarlo, pero tenían miedo de los problemas post operatorios; de que se infectara y se muriera. Entonces preferían no tocar, lo dejaban así no más. Sabían que no iba a durar más de diez años, sabían que se iba a morir. Era tan lindo y tan amoroso que todos lo querían. No podían hacer nada, porque nadie lo quería adoptar, estaba botado.

¿Qué sabías de él cuando comenzaste a hacer los papeles, tenías alguna foto?
No, lo único que sabía de él era que había nacido con la vejiga afuera y que se iba a morir, que tenía dos años y que tenía la posibilidad de que lo pudiera adoptar. El problema era que Ucrania tenía una moratoria, no dejaban adoptar a los extranjeros.

¿Cómo lograste adoptarlo?
Jodiendo a medio mundo. Le escribí una carta al Papa y él me contestó que me iba a incluir en sus oraciones. Le escribí al Presidente Clinton y me contestó en una semana -carta de la Casa Blanca que causó gran revuelo en mi casa, mis hijos se peleaban la carta para llevarla al colegio, se peleaban todos por llevar la carta de la casa blanca- que ningún problema, que de todos lados de inmigración americana estaba todo arreglado, que llamar a fulanito de tal en el Departamento de Estado y que podía traer al niño cualquier día. Que me daba una visa de huérfano urgente especial.

¿Cuánto tiempo pasó?
Siete años me demoré hasta que el Gobierno ucraniano cambió las leyes. Ahí aguantando, pensando todos los días, especialmente en invierno, que no se vaya a resfriar y cuando se enfermaba, a la distancia, preocupada.

¿Cómo tenías contacto con él?
Todos los domingos hablábamos por teléfono. Llamaba a Ucrania, le escribía cartas, para la Pascua le mandaba regalos, para el cumpleaños, fotos de nosotros. Él sabía que tenía una mamá y hermanos y hermanas esperándolo en California. Se sentaba en la ventana esperando que lo fueran a buscar todos los días, por siete años. Hasta que me llamaron por teléfono un día y me dijeron "tienes doce días para ir a buscar a Ucrania al niño", y partí.

¿Qué sentías?
Estaba súper entusiasmada, anticipando ver a mi hijo. No tenía susto. Tenía ansiedad. Compré dulces, bolsas y bolsas de dulces y después vi unas cajas de mandarinas y compré 200 mandarinas. Llegamos al orfanatorio. Todos los niñitos en las ventanas mirando. Nos bajamos con las mandarinas y les dimos a cada niño. Los pusieron a todos en línea, en las sillas de ruedas, los niñitos sin pierna, sin brazos, qué sé yo. Todos los olían, imagínate, era invierno, no había fruta, no había nada, todos con sus mandarinas. Y ese orfanatorio, que olía a orina y a humedad, se llenó de olor de mandarina. Todos los niñitos pelando su mandarina.

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Me trajeron a Nikita y cuando me vio y yo llorando, abrazando a mi hijo, mirándole su carita, sus ojitos, besándolo y todos los niñitos mirando, "ah qué suerte tiene Nikita, tiene mamá". Él andaba pegado a mí, como mono, para todas partes. A todo esto, viene la doctora y me dice, "oye, hay otro niñito que tiene el mismo problema que Nikita. Se llama Dimitri, es más chiquitito. Te lo vamos a mostrar". Y llega Dimitri y me lo muestran, imagínate, ¿cómo lo voy a dejar? No puedo.

¿Qué te movió a llevarte a Dimitri?
No podía dejar al Dimitri, se iba a morir. Era lo mismo que había luchado siete años para lograr llevarme a Nikita y ahora estaba el otro ahí al lado. Cómo decir sí a ti te salvo, pero tú te tienes que morir. No puedo. En eso, estaba con los dos haciendo los papeles, tomándole las fotos de pasaporte y me tiran la ropa. Me miró una chiquitita con unos ojos inmensos verdes y me dice, "yo me llamo Ela y yo soy muy amiga de Nikita y de Dimitri, somos como hermanos, hemos crecido juntos y también me quiero ir, quiero que tú seas mi mamá, quiero que me lleves". ¿Qué haces? Decir, no mijita no puedo, con dos basta y sobra, no puedo. Dije, "Ela ahora no puedo, realmente no puedo. Pero vuelvo, te prometo que vuelvo, en cuanto ellos estén operados y estén bien, vuelvo". Me dijo, "lo único que tengo son mis manos que están mal". Tiene los deditos pegados y las manitos deformadas y los pies también. Verla con sus patitas malas, yo que crecí con mi patita mala, olvídate. Yo vuelvo a buscarla como en tres años más, más o menos. Me dijo, "te espero", y le dije a la directora que iba a volver por la Ela.

¿Ella te está esperando?
Ela me está esperando. Le he escrito, le he mandado fotos, le he mandado regalos. Le mandé una muñeca. Dicen que estaba pero chocha, que duerme con la muñeca, que mi mamá me mandó la muñeca. Y la Tatiana, mi hija, está chocha, que va a tener a su hermanita de la misma edad y otra rusa, feliz.

Adopcion Espiritual