22 febrero 2009

Elegía al hijo no nacido por el aborto


D. Diego Quiñones Estevez

Entras en un aséptico hospital abortista,entras y pagas sin impedimentosy no te dan factura por matar a tu hijo,semilla de la Creación Divina,gran fruto de la concepción humana.Luego, muy silenciosa, pisas lentauna sala de espera,antesala de muerte, con premeditación,del hijo que aún palpita vidaen tu seno.



Tu silencio saluda a una mujer silente,
que, como tú, aguarda con angustia
la entrada en el ecógrafo, oculto
a tu mirada, gélida en un tiempo estático,
para que nunca veas, aunque sientas,
la forma en movimiento
de tu hijo en la ecografía,
forma e imagen pura de la vida en origen,
que se adjunta a la ficha abortiva,
terrible e inhumana para un ser indefenso,
sin derecho a la vida, sin derechos,
cuya sentencia será fulminante:
¡La pena de muerte!:
¡Peor tratado que un criminal de guerra!
¡Peor tratado que un asesino en serie!
¡Peor tratado que un violador sanguinario!
¡Peor tratado que a un terrorista!

II
-Con tu hijo inocente
dentro de tus entrañas virginales,
por el miedo empujada sin piedad,
no tardas mucho tiempo en entrar
al quirófano de la muerte legalizada,
profanación de Dios, profanación del hombre,
infernal maquinaria de dolor, sangre y muerte.
-Ya entras con tu hijo,
que siente, cómo tu terror invade
tu maternal vientre, y también tu conciencia,
y acelera al unísono, tu corazón y el suyo,
hasta alcanzar la asfixia compartida,
a pesar del sopor de la anestesia.
Con tu hijo en el potro de tortura abortivo,
manos e instrumentales, enseguida,
persiguen, asesinos, a tu hijo,
que inútilmente trata de huir, para esconderse,
en el refugio vital de tu seno,
ahora, transformado, en tortura mortífera:
¡Tu hijo, tu hijo ha sido asesinado!
-Los restos de tu hijo, sin escrúpulos,
son descuartizados en las trituradoras
del negocio inhumano del aborto,
para el blanqueo del dinero negro,
con la sangre negrísima
del genocidio fetal o embrionario,
sangre, pedazos de un cuerpo sangriento,
¡Como si fuera un trozo de carne!
¡Como si fuera un trozo de verdura!
¡Como si fuera tan sólo unas células muertas!
¡Como si fuera nada, no persona!
¿Cuándo, cuándo será
el fin de este exterminio genocida?

III
-Sales en soledad del hospital.
Te llevas a tu casa, un vacío suicida
que para siempre te acompañará.
El vacío del síndrome del hijo abortado,
se apodera de todo tu ser,
perdura como una cicatriz
en tu alma y tu cuerpo, malheridos
por renunciar a ser madre inviolable,
por permitir la cruel profanación
de la vida indefensa de tu hijo,
hijo tanto de Dios como del mundo.
¡Mujer!: ¿Acaso ignoras que tu hijo, y tú,
seréis otro anónimo número
en las macroestadísticas del terror abortivo?
¡El poder enemigo de Dios y de la vida,
se olvidará de ti y de tu hijo!
-Pronto llegan los días del dolor del aborto,
pronto llegan las noches de insomnio y pesadillas,
mil días y mil noches de anorexia nerviosa,
de bulimia o gula compulsiva
contra el cruel tormento sin olvido,
del hijo no nacido por tu consentimiento.
Tu vida se sustenta de amarguras,
por laberintos de depresiones,
que anuncian el suicidio
o los infiernos de psicodelia.
-Una noche de invierno,
al borde del abismo de tu nada interior,
vuelves al hospital,
confusa en tu mente, trastornada
con el dolor en el alma sin rumbo,
por la muerte de parte de tu ser.
En tu larga estancia sin descanso
en una fría unidad psiquiátrica,
confiesas no saber cómo pedir perdón
al hijo no nacido a la vida.
¡No sabes qué hacer
para recuperar la paz maternal,
negada sin razón al hijo abortado,
que aún grita en silencio en tu seno!

IV
-Los años pasan rápidos pero no el recuerdo
del hijo no nacido a la luz de la vida:
¡Por siempre vivo en nuestra memoria!
¡Por siempre vivo hasta tu muerte!
¡Desde siempre vivo en la eternidad
con el abrazo y el beso de Dios!
¡Para siempre privado de tu familiar ósculo
en la última despedida trágica,
cruenta y premeditada, sin amor,
de la madre y el padre en la Tierra!
(Del poemario inédito: Liturgia de la memoria).


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