02 mayo 2010

He estado muerta durante nueve años

Ahora lo único que cuenta para mí es hacer que la muerte de mi hijo no se quede en el olvido.

Me dijo que se había enamorado de mí. Yo le quería mucho. Al principio de estar juntos oí hablar a nuestros amigos de su novia. Le pregunté si tenía novia. Me dijo que no. Yo le creí. Me hubiera hecho demasiado daño reconocer que jugaba conmigo. Él quiso que nos acostáramos enseguida. Para mí era impensable. Dios tenía que bendecir nuestra unión con el matrimonio para que acostarnos tuviera sentido para mí. Con el tiempo me dí cuenta de que su vida era con su novia y no conmigo. Pero me dolía tanto que me vendé los ojos. Pensé que nunca más en mi vida podría amar a otro hombre, así que ante Dios decidí que haría el amor con él, el único hombre que querría en toda mi vida. Y la primera vez me quedé embarazada. Los métodos anticonceptivos no tenían ninguna importancia para mí. Lo único que contaba era el amor que le tenía. Pensé que si me quedaba embarazada, aunque me daba vértigo, sería al menos un regalo de él que guardaría toda la vida: un hijo. Que a través de este hijo le podría querer a él también.

Él dijo que lo mejor era abortar. Yo no quería, mi corazón, mi instinto, Dios, la Virgen… todo me decía que abortar no era una opción posible. Le propuse todo para no abortar. Lo tendría yo sola, no le pedía ninguna responsabilidad, lo podría ver cuando quisiera. Me daba mucho miedo tenerlo sola, pero sentía fuerzas enormes que me empujaban hacia adelante. Sabía que me las arreglaría como fuera, que mi hijo estaría bien. Pero él no quería. Y empecé a pensar... y ahí empecé a morirme. Me dije que quién era yo para obligarle a tener un hijo. Y dije que sí, que abortaría. Le dí más importancia a lo que él quería que a mi propio hijo, que a mí misma, que a Dios, que a la Virgen, que a todo. Yo estaba tan ciega que confié en él.

Y aborté. Asesiné a mi hijo.

Y con el morí yo. He estado nueve años muerta. Sintiéndome de verdad el ser más ruín de la humanidad entera, de todos los tiempos. La más cruel, la más indigna, la más salvaje e inhumana, la única culpable de todo. Deseaba que me pasara lo peor, lo más cruel y doloroso, porque era lo único que me merecía. Quedarme en vida después de abortar ya era demasiado bueno para mí. Sufriendo, compensaría un poco lo que le hice a mi hijo y lo que sufrió.

He estado nueve años muerta, soñando siempre la misma pesadilla horrible. Teniendo miedo de que todo lo bueno que la vida me daba se esfumara de repente. Sabía que no merecía nada de lo que me pasaba de bueno. Me he alejado de todos los míos, porque nadie me entendía... cuando en realidad es porque yo misma no me sentía digna de ellos que me querían tanto.

He estado nueve años muerta, anestesiada, sin sentimientos de verdad. Todo era a medias. Si estaba contenta o feliz, era con miedo de que se me acabara. Si tenía que estar triste por algo, no lo estaba, nada podía ser más grave que haber matado a mi propio hijo.

Y en el octavo aniversario del que hubiera tenido que ser el nacimiento de mi hijo, la bomba me ha estallado en plena cara. Estos nueve años la bomba se había mantenido en silencio, había conseguido taparla, hacer como si no estuviera aquí. Hasta que me ha estallado. He explotado en pedazos, me ha destrozado. Ha sido como si hubiera acabado de abortar ahora mismo. El dolor, el arrepentimiento, el sufrimiento... Todo lo que no viví después de abortar porque me quedé como muerta, lo he vivido ahora en unas semanas. AVA me ha ayudado, y una psicoterapeuta a la que estaré agradecida toda la eternidad. Ha sido muy doloroso, diría incluso que más que cuando aborté. Ha dolido mucho. Me he dado cuenta de lo mal que he estado este tiempo. No sé cómo he podido aguantar. Me han ayudado a entender por qué lo hice. He comprendido muchas cosas sobre mí misma. He conseguido por fin perdonarme, y sobre todo aceptar el perdón que mi hijo y Dios me habían dado ya desde hacía mucho tiempo. Todas las respuestas estaban en mi ser, pero yo no las podía ver. Es la psicoterapeuta que me ha abierto los ojos.

Y me siento resucitada. Mejor que nunca. Es triste el que abortara a mi hijo. Pero esta cosa tan horrenda y todo el mal que ha venido después han servido de abono para que creciera algo bueno. Esto bueno es una nueva vida, distinta, cambiada. Ahora valoro infinitamente más las cosas esenciales, el valor de la vida, de la fe, de la familia, de la amistad, del amor. Ahora lo único que cuenta para mí es hacer que la muerte de mi hijo no se quede en el olvido. Está vivo, me acompaña todos los días en mi vida, me ayuda a hacer cosas buenas. Y siento que mi misión es hacer dos veces el bien: una por el bien que me toca hacer, y otra por el bien que hubiera podido hacer mi hijo y que no pudo.

Gracias a todos los que me ayudan. Y espero que este testimonio pueda ayudarte, si lo estás pasando mal. Si dudas, escucha a tu hijo en tu corazón, sobre la tierra sólo te tiene a ti. Si lo irreparable ya lo has hecho, que sepas que hay salida, que se puede ser feliz a pesar de todo y con todo, con tu hijo.

Bárbara.